lok’ tavanej

noviembre 15, 2007

Cotidiano X

Filed under: historias y otras cosas — Gurisa @ 8:34 pm

Tengo una gran imposibilidad para aceptar la maldad de las personas. No hablo de la maldad en el sentido sonzo de la palabra, no es que considere que habemos buenos y malos; me refiero a esa maldad que existe en todos, como una parte definitoria de nuestro carácter. Me cuesta mucho trabajo entender que ese simbolismo se presenta, también, en las personas que más podemos querer y admirar; y pasa, sobretodo, que no es que deje de querer o admirar a esas personas, tan sólo porque empiece a asimilar su maldad como signo de humanidad, simplemente esa maldad me los muestra del lado del prisma, que siempre ignoro.

Dentro de esa imposibilidad no sólo está ese rasgo de maldad que ya mencioné, más allá de él, está que no puedo aceptar que la gente falle en las cosas que considero más simples, en las cosas en las que yo no falsearía… el cariño, por ejemplo. Nunca he podido limitar esa capacidad en mi, tengo mucha facilidad para querer a las personas y un empecinamiento, tal vez malsano, por no dejarlas ir. Como que siempre voy a destiempo y justo cuando me doy cuenta de cómo empiezan a ser las cosas, ocurre en mi una especie de nostalgia que decido cargar para no sentir que agredo a los demás y entonces me quedó con lo peor de las personas. Es decir, siempre vivo al límite, por simple que suene. Llevo, sin medir, las cosas hasta sus últimas consecuencias, hasta decir la última palabra; y, algunas veces, esa última definición no es la más afortunada.

Siempre soy así. Me meto hasta el fondo en las historias, siempre tratando de pertenecer. En esos caminos me he perdido, por no preguntar, por no reflexionar, por amar, por no aceptar… por el silencio. Porque a veces pienso que el silencio rescata mucho de nuestras voces, porque creo que cuando las palabras no son suficientes, el silencio puede ayudar a clarear nuestra mente, porque si no tenemos nada que decir, el silencio mutuo ayuda mucho… pero también, ahora, creo que muchas veces me equivoqué y no debí apreciar tanto el silencio y debí, más bien, decir algo; decir “no”, por ejemplo. Pero también debí exigir que me dijeran algo que ayudara, que doliera, quizá, pero que fuera verdad… pero también en ese silencio aprecié la mentira y a veces no supe cuándo ésta ocurría y la tomé como vino; y mi imposibilidad de apreciar el todo imperfecto, me llevó a querer creer algunas mentiras, casi todas… y la verdad es que muchas de esas mentiras me las dije yo misma. No siempre me creí, pero era más fácil pensar que sí.

Ahora también siento un vacío, pero creo firmemente que es por lo que me faltó decir. Hay muchas preguntas  que voy tomando en el aire, que van resurgiendo de repente, cuando creía que las había extraviado, pero más bien me las había escondido. Los “por qués” no son gratis. Son, más bien, el resultado de lo que he venido guardando, atesorando como memorias y que antes me decía: “que lindo tener el secreto y la duda que se disipa en el abrazo”… bueno, tal vez no lo decía, pero sí lo pensaba… volvía de nuevo al silencio, era cómodo, no lo niego. Aunque no todo fue así. También fui un reflejo, no lo dudo, no me atrevería a hacerlo, porque sería negar una parte de mí. Sé que en algún momento fuí, que también me querían escuchar, que también en maldad me descubrieron de tarde, que también muchas veces omití y dí silencio… pero siempre estuve ahí, siempre dí una mano y la otra, y mi pensamiento y mi ocupación y preocupación y yo, en todo por todo yo, sin medir, sin limitar, sin ver maldad y creyendo en el silencio…

…y tal vez todo se reduciría a la sentencia de un viejo amigo: “tu defecto es creer, pensar que nuestra condición nos hace diferentes. Seguimos siendo los mismos, todos los mismos. Sólo que nos desconoces y descubrirnos iguales, te lastima.”

Tal vez debí escuchar con más atención y creer menos. Pero creyendo menos, limitando, ya no sería yo… ya no te extrañaría, ni querría platicarte del mundo que quiero cambiar, ni escucharía canciones de Silvio con la luz apagada, ni caminaría descalza en el pasto esperando tu compañía, ni dejaría la ventana abierta por si decides volver… ni callaría para mirarte con desconcierto, cuando dices las cosas más lindas en el momento que menos espero, ni me hubiera propuesto darle tanta luz a tu vida, ni estaría cachando como bolas o balas las preguntas que ya no te hice… vaya, no me habría enamorado de vos, en tus cuarenta y con guitarra.

Tengo, también, una imposibilidad enorme para guardarme, en esta tarde, todas estas palabras.

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