Febrero 03, 2008.
Sr. Ik: tiene razón, las tortugas pueden volar… le ragalo ésta.
Entré al largo y desteñido salón, para variar solo, con sus largas mesas y sus exactas sillas; más su pizarra corta y necesaria. Al fondo y alrededor los cuadros: raros entre las paredes blancas e inmutables… presentes entre la bruma de la monotonía, pero la ví.
Con sus colores vivos y un mar de trazos disformes pero continuos; invariablemente me acordé de tí, de los sueños, pero sobre todo de lo concreto, de lo ocurrido:
…los largos paseos y las charlas perennes me vinieron a la mente, como cuando la vida te sorprende yendo hacia tí. Me acordé de vos, de los miedos y las incertidumbres, pero también de las certezas de ambos y las dudas compartidas que esquivabamos en el abrazo.
Me acordé de tí y del tiempo pasado, de lo que ya no hicimos, aunque volvió lo hecho juntos, lo construído y lo reconstruído.
Me vinieron las horas de entonces, la lluvia, la selva -nuestra selva-, las jirafas, los edificios, los elevadores, los subterráneos, las estaciones, los árboles, las canciones, las mariposas… las tortugas, las deshoras… y las deshoras con sus tortugas… y las tortugas viviendo en las deshoras de tu ausencia, de tu silencio, de tu abandono.
La ví y tenías razón: vuelan y también regresan al destiempo, en el que acostumbrábamos café para dos y tabaco para tí.
